Argentina: el peronismo es derrotado en las elecciones parlamentarias
Alberto Fernández y Cristina Kichner en la inauguración de diciembre de 2019. Foto: Frente Todos
Sociedad

Por primera vez en la historia de Argentina, el peronismo se queda sin el pan y sin la torta

Sin mayoría propia, el peronismo tendrá que – por primera vez en 75 años de existencia – negociar con las oposiciones para realizar amplios acuerdos y gobernar en los dos años que le quedan de mandato al presidente Alberto Fernández

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Desde que fue fundado por el general Juan Domingo Perón en 1946, el Partido Justicialista (más conocido personalistamente como “Partido Peronista”) gobernó la Argentina en 39,5 años de un total de 75. El resto del tiempo, 36,5 años, se dividen en 10 años de gobiernos dictatoriales militares; 10,5 años de Unión Cívica Radical (UCR); 4 años de UCR-Intransigente y 4 años de Juntos por el Cambio.

Pero, si contabilizamos el período que transcurrió desde la vuelta de la democracia, en 1983, el predominio peronista es más ostensivo. De un total de 38 años, el peronismo gobernó 26,5. Los no peronistas gobernaron apenas 11,5 años. O sea, los peronistas administraron la Argentina el 69,73% del tiempo.

En todas esas décadas el peronismo nunca tuvo que negociar amplios acuerdos con las oposiciones, solo acuerdos puntuales. Nunca negoció porque nunca lo necesitó, debido al amplio poder que tuvo siempre que ocupó la Casa Rosada, el palacio presidencial. Y en las raras ocasiones en que fue oposición, siempre condicionó a los gobiernos rivales.

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Desde la vuelta de la democracia, el peronismo siempre, de forma ininterrumpida, controló el Senado. Y en la mayor parte del tiempo tuvo también el control de la Cámara. Además, contó con la mayor central sindical del país, la Confederación General del Trabajo (CGT), de su lado en buena parte del tiempo. La segunda mayor central del país, la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA), alternó períodos de oposición con períodos de idilio con los presidentes peronistas.

Sin embargo, el último domingo, 14 de noviembre, el peronismo sufrió un duro golpe al ser derrotado en las elecciones parlamentarias. En esta ocasión, los argentinos fueron a las urnas para renovar la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado.

El lunes, 15 de noviembre, con el 98,84% de las urnas escrutadas, el peronismo-kirchnerismo, con el nombre de fantasía de “Frente de Todos”, recibió el 33,57% de los votos, uno de los niveles más bajos en la historia del partido. El principal grupo de oposición, la coalición “Juntos por el Cambio”, de centroderecha, logró el 41,97%.

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El mal desempeño del peronismo-kirchnerismo en las urnas fue algo impresionante tomando en cuenta que en las elecciones de 2019 Alberto Fernández se eligió presidente con el 48% de los votos. “Juntos por el Cambio” alcanzó en esa ocasión el 40,28% (el 1,71% menos de lo que registró en las elecciones parlamentarias de este domingo). 

Adiós, Senado 

El mayor impacto que sufrió el peronismo-kirchnerismo este domingo fue la pérdida del control del Senado – de 41 escaños, pasó a controlar apenas 35; para tener la mayoría, necesitaría 37. Es un shock colosal para los peronistas, porque el partido siempre tuvo el control del Senado en los períodos de democracia plena. Además, esta derrota tiene un simbolismo más grande porque la vicepresidente Cristina Kirchner es también la presidente del Senado.

Cristina ahora estará obligada a establecer un diálogo con los opositores, si desea que el gobierno avance en una serie de medidas. Sin embargo, ella ha sido históricamente alérgica a las negociaciones.

Retroceso en la Cámara

En la Cámara de Diputados, el gobierno perdió terreno, quedándose a 11 escaños de la mayoría simple, de 129 parlamentares. Con estos números, el gobierno tendría 118 escaños y la coalición Juntos por el Cambio, 116; el resto estaría atomizado entre los partidos pequeños. Sin embargo, el lunes continuaba el conteo de votos en tres provincias que podrían definir la pérdida de un diputado más para el peronismo y un eventual aumento de un parlamentar para Juntos por el Cambio. De esta manera, Fernández corre el riesgo de ni siquiera ser la primera minoría, sino de empatar 117 a 117 escaños con el principal grupo de oposición.

Simplificando, el peronismo, acostumbrado a quedarse con el pan y con la torta – y cuando no tenía el pan, tenía por lo menos la torta –, esta vez se quedó sin ninguno de los dos. Es un escenario inédito en todos los períodos de democracia plena desde 1946. 

Derrotas en los feudos 

Otro duro golpe para el peronismo – o específicamente para Cristina Kirchner – fue la derrota en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia. Desde 1991, Santa Cruz ha sido una especie de feudo de la familia Kirchner. Actualmente, la gobernadora es Alicia Kirchner, hermana del difunto expresidente Néstor Kirchner y cuñada de Cristina. Este domingo, el kirchnerismo no solo fue derrotado allí, sino que quedó en tercer lugar, con el 26% de los votos.

En otro tradicional feudo peronista, la provincia de Buenos Aires, que concentra el 37% de la población del país y produce el 38% del PIB argentino, nueva derrota amarga. Aunque el gobierno Fernández repartió subsidios y fondos en gran cantidad a los intendentes, además de mantener enormes estructuras asistencialistas, el peronismo obtuvo solamente el 38% de los votos, contra el 52% obtenidos en 2019.

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En la capital del país, la ciudad de Buenos Aires (que no es la provincia), históricamente refractaria al peronismo, el grupo político registró el 25% de los votos el último domingo. Hace dos años, había alcanzado el 35%. 

Durmiendo con el enemigo 

Para Fernández el escenario es casi apocalíptico. Además de perder la mayoría del Parlamento, tiene que enfrentar la enorme crisis económica, terminar de vacunar a la población y lidiar con una inflación galopante. Por si fuera poco, el presidente ahora tiene que enfrentar una oposición fortalecida mientras vuelve a la guerra que su propia vicepresidente le declaró de forma ostensiva desde las elecciones primarias de septiembre, en las que el gobierno perdió inesperadamente.

En la noche de la derrota, el último domingo, ya con la confirmación de la paliza en las urnas, Cristina anunció que no iría al búnker de campaña para el tradicional discurso luego de las elecciones, argumentando que todavía se estaba recuperando de una reciente cirugía. Sin embargo, tres días antes había estado en un acto electoral. Sin contar que, en los días actuales, podría haber hecho una live desde su departamento en el barrio porteño de la Recoleta. Pero optó por no hacerlo.

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En 2013, cuando era presidente, Cristina también perdió la elección parlamentaria del medio de su mandato (pero no con la contundencia actual) y argumentó que no iría al búnker de campaña debido a una cirugía. En 2015, cuando su candidato presidencial Daniel Scioli, perdió las elecciones, Cristina también desapareció del búnker. El gesto de la expresidente y actual vice es una clara señal de que pretende dejar caer sobre la espalda de Fernández todo el peso de la derrota en las urnas.

En 2019, Fernández y Cristina protagonizaron una novedad en la política argentina (y también en la política mundial), cuando él fue ungido candidato a presidente por la vicepresidente. Generalmente son los presidentes los que definen – o hacen un pacto para definir – a sus vices.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández durante la campaña de 2019.


Antes de esa maniobra, cuando el peronismo estaba en el poder, siempre existió un líder absoluto. Así fue con Perón mientras vivió, posteriormente con Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Cada cambio en el comando se realizaba de forma categórica, eliminando totalmente el poder del antecesor, sin piedad, en una especie de decapitación simbólica.

Pero Cristina, luego de la muerte de su marido Néstor Kirchner en 2010, reconfiguró ese esquema, y creó una minoría permanente dentro del peronismo.

De esta manera, el kirchnerismo se consolidó como una especie de subperonismo. Un simbionte, como en las películas de ciencia ficción. Una especie de bote salvavidas cuando el transatlántico peronista se hundía. Así, sobrevivió a la derrota del peronismo en 2015 a manos de Mauricio Macri. En esa ocasión, Daniel Scioli fue derrotado y liquidado en público. Cristina, que era la presidente, se borró.

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Cuando el gobierno actual fue derrotado en las primarias de septiembre último, aliados de la vice insultaron a Fernández y sus ministros de forma explícita. Cristina lo acusó por la derrota. Fernández se vio obligado a cambiar a varios de sus ministros “albertistas” para colocar más ministros “cristinistas”. Eso generó un enorme desgaste adicional a la imagen del presidente. Las encuestas indican que solo el 8% de los argentinos cree que Fernández es quien gobierna de verdad.

El misterio ahora es: ¿Cederá Fernández más poder a Cristina? ¿O se alejará de ella para acercarse a la oposición y negociar la gobernabilidad en los dos años que le quedan de mandato? ¿Cristina, a su vez, se alejará más de Fernández, dejando que se queme solo y evitando que el enorme desgaste del gobierno golpee su imagen, preservando así su capital político? ¿Los ministros cristinistas, seguirán en sus cargos?

Una cosa es cierta: Cristina no renunciará al puesto de vice, ya que eso le garantiza el fuero privilegiado que impide que sea presa por la lluvia de casos de corrupción por los que responde en los tribunales porteños. 

Perder ganando 

En el discurso grabado la noche de las elecciones del domingo, Fernández invitó a la oposición a un amplio “diálogo”. O mejor, no invitó, ya que – en los estándares peronistas – eso demostraría fragilidad. Por eso, Fernández indicó que, si la oposición fuera “patriótica”, dialogaría con él.

Sin embargo, en un segundo discurso, horas después, ya en el búnker de campaña, el presidente convocó a la militancia a festejar los resultados el miércoles, 17 de noviembre, en la Plaza de Mayo. Una de sus principales diputadas, Victoria Tolosa Paz, intentó explicar que, de alguna manera, el gobierno había ganado las elecciones: “La oposición ganó perdiendo y nosotros (peronistas), perdimos ganando”.

La oposición escuchó el pedido de diálogo del presidente Fernández. Pero el clima en las líneas opositoras es “Ok, Fernández quiere dialogar con nosotros, pero… la que manda de verdad es Cristina. ¿Y Cristina quiere que este diálogo exista?”. Al parecer, si Fernández quiere negociar con la oposición, primero tendrá que definir estos parámetros con Cristina.

En los próximos dos años, si quiere completar el mandato y, tal vez, intentar una reelección, Fernández tendrá que reactivar la economía (que está en recesión intermitente desde 2009 y se agravó desde 2018); recuperar la unidad interna del peronismo (anulando el poder de su vice Cristina Kirchner); recuperar la confianza popular; convencer a los empresarios argentinos a volver a invertir en el país, así como los inversores extranjeros a apostar de nuevo en Argentina; y renegociar la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Decir que esto será una tarea “hercúlea” es un eufemismo. 

Nuevos players en la política argentina 

Los partidos tradicionales del gobierno y la oposición, aunque todavía sean los grandes protagonistas de la política argentina, han perdido terreno. Comparado con la elección de 2019, el Partido Peronista perdió 5,2 millones de votos, mientras que la oposición, “Juntos por el Cambio”, perdió 1,2 millón de votos. En contrapartida, crecieron los sectores más radicales, aprovechando la desilusión del electorado. En este contexto, se destacan dos nuevos players en la política argentina, ubicados en esos extremos.

Uno es la coalición de partidos de la izquierda trotskista, que alcanzó el 5,91% de los votos. Estos grupos existen desde hace tiempo, pero han  crecido recientemente. Esta izquierda considera al peronismo un partido “burgués” y “fascista”.

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El otro player viene de la extrema derecha (sector que nunca tuvo representatividad formal en la democracia argentina) y se quedó con el 4,96% de los votos en todo el país. Su estrella es Javier Milei, un economista ultra neoliberal (pero a favor de los monopolios) que se dice profesor de “sexo tántrico”. Con ironía, algunos humoristas indican que tal vez sea necesario reconfigurar el abanico ideológico y rebautizarlo como “derecha tántrica”.

Adepto del clásico estilo populista, de griterío y lenguaje vulgar, hasta entonces exclusividad del peronismo, Milei se hizo famoso años atrás al participar de los programas de chismes en la TV como comentarista económico (así es, incluso en los programas de chismes los argentinos hablan de economía) y por su peinado extravagante. De los programas de chismes, saltó a la política. Considera al expresidente Mauricio Macri, de centroderecha, un “socialista”. 

Algunos de los motivos de la derrota del peronismo 

Hay varios motivos para explicar la derrota del gobierno en las urnas en estas elecciones parlamentarias. Uno de ellos es la inflación, que en octubre llegó al 3,5%, lo que indica un acumulado del 52% en los últimos 12 meses. Una de las señales de que existen enormes temores por el futuro a corto y mediano plazo es la escalada del dólar, el refugio favorito de los argentinos en momentos de crisis. La semana pasada, la divisa americana, en el mercado informal, batió el récord desde 1991, llegando a 207 pesos.

Además, existe malestar por la lenta vacunación contra el COVID-19. La campaña empezó en diciembre y hasta ahora solo el 59% de la población está plenamente vacunada. Mucho menos que Chile, con el 81%, o Uruguay, con el 75%.

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Además, el gobierno protagonizó escándalos relacionados a la pandemia. Uno de ellos fue el caso de los “vacunados VIP”, cuando decenas de políticos y amigos del poder no respetaron la fila de la vacunación. Pero el gobierno admite que el golpe más duro ha sido la divulgación de las fotos del cumpleaños de la primera dama que, en plena pandemia, en julio del año pasado, hizo una fiesta en la residencia presidencial de Olivos, sin distanciamiento y sin barbijo. En la misma época, el presidente prohibía la realización de reuniones familiares en todo el país.

Los últimos meses han sido intensamente marcados por la desorganización del gobierno, con declaraciones disparatadas de ministros y del mismo presidente. Una fuente del gobierno admitió que ocurrió una sobredosis fuera de lo normal de metidas de pata: “¡Nos pegamos un tiro en el pie todas las semanas!” 

Spoiler 

Nunca se puede ser categórico sobre la política argentina. Como podrán ver, en ninguna parte del texto escribí algo como “es el fin del peronismo” o “es el fin del kirchnerismo”, ya que en la política argentina todo es posible, y más todavía si en la variable uno de los protagonistas es el peronismo.

Pero, al final… ¿qué es el peronismo?

Uno de los slogans históricos de los peronistas es “¡Ni yanquis ni marxistas, peronistas!”, para indicar que no son de izquierda ni de derecha. En realidad, son todo eso al mismo tiempo. Un presidente peronista puede firmar un decreto neoliberal a la hora del almuerzo y a la hora del cafecito estampar su rúbrica en un proyecto de ley intervencionista estatal.

Perón, el fundador del peronismo, era amigo de los dictadores de derecha de Paraguay, Alfredo Stroessner, y de Nicaragua, Anastasio Somoza. Néstor y Cristina Kirchner repetían  frases de Perón, pero se sacaban fotos al lado del cubano Fidel Castro. En los años 90, Cristina fue aliada del peronista neoliberal Carlos Menem y dio un respaldo crucial a las privatizaciones. Sin embargo, una década y media después, reestatizó lo que había privatizado (¡y con el apoyo del ex neoliberal Menem!). El peronismo se alió a la Iglesia en los años 80 en contra de la ley del divorcio…, pero en 2010 aprobó la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Por eso, nunca se puede subestimar la capacidad de metamorfosis (y sobrevivencia) del peronismo.

(Traducido por Adelina Chaves)

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