Raúl Lastiri, yerno de López Rega, El Brujo, la primera dama, María Estela “Isabelita” Martínez de Perón, y el general Juan Domingo Perón, en 1973, durante una recepción al embajador chino. Foto: Wikicommons
Sociedad

El Brujo López Rega: el gurú argentino del general Perón

Esta semana, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, perdió a su gurú intelectual, y también mentor de la nueva ultraderecha en el país, el filósofo Olavo de Carvalho. Hace muchos años, otro presidente sudamericano tuvo como asesor a un poderoso y tenebroso astrólogo y defensor de teorías de la conspiración. Otros líderes en Chile, Venezuela, Perú y El Salvador también han recurrido a gurúes de origen dudoso

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Varios milenios de la historia de la humanidad muestran que el nivel de creencias de los líderes supersticiosos aumenta de forma considerable cuando llegan al poder. Para complicar la vida de los civiles, empiezan a usar el aparato del Estado basados en sus creencias en fantasmas, amuletos y supersticiones variadas. Peor, nombran a sus gurúes para cargos que definen directrices políticas o para la mismísima administración del Estado. Y todo se vuelve aún más complejo cuando recurren a lo sobrenatural para solucionar cuestiones de salud.

El caso más emblemático de la historia de América Latina es el del argentino José López Rega, que se hizo famoso con el apodo de «El Brujo», y también es conocido como “el Rasputín argentino”. Durante años, este porteño, nascido en 1919, no pasó de un mediocre cabo de la Policía Federal. Intentó también, sin éxito, la carrera de cantor. En los años 1960, empezó a dedicarse a la astrología y publicó un almanaque en que mezclaba profecías con la lista de teléfonos de los bomberos y de los hospitales (esta era la parte útil de la publicación).

En 1965, López Rega se enteró de que María Estela “Isabelita” Martínez de Perón, una exbailarina de un cabaret de Panamá, que era la nueva esposa del general Juan Domingo Perón, el fundador del peronismo, estaba en Buenos Aires. Ella y el marido vivían exiliados en Madrid. Pero Perón había enviado a Isabelita a la capital argentina para hacer contactos para él.

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López Rega buscó a Isabelita y – después de mucho insistir – la convenció de que, además de un excelente guardaespaldas, también podría ser su secretario personal. 

El General Perón durante un discurso, con López Rega a su derecha e Isabelita a su izquierda.

En poco tiempo, como dominaba cuestiones de esoterismo, se convirtió también en una especie de jefe espiritual de Isabelita. La esposa de Perón retornó a Madrid llevando con ella a su nuevo “gurú”. La política argentina, ya marcada por sus excentricidades, entró entonces en mode excentricidades-esotéricas, lo que ayudaría a causar muchas muertes en el país durante los años siguientes. 

Los nombramientos influenciados por el astrólogo

En 1973, el régimen militar del general Alejandro Lanusse autorizó la realización de elecciones. En las urnas, ganó el peronista Héctor Cámpora con el slogan “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Desde Madrid, Perón exigió que su secretario personal y astrólogo fuese nombrado ministro del nuevo presidente. Cámpora accedió.

López Rega había planeado detalladamente su desembarco en el poder. Primero, casó a su hija Norma con Raúl Lastiri, un político desconocido. Pero, por ser el nuevo yerno de su querido astrólogo, Perón indicó a Lastiri a la presidencia de la Cámara de Diputados.

El matrimonio Perón con su mayordomo, ministro y astrólogo José “El Brujo” López Rega.

Pocos meses después, luego del fin del exilio de Perón, y durante los preparativos del viejo caudillo para volver definitivamente a Buenos Aires, López Rega articuló la renuncia de Cámpora y su vice, y envió al presidente del Senado, que sería el siguiente en la línea de sucesión presidencial, a un inexplicable viaje a África.

En 1974, El Brujo visitó en Trípoli a Muammar Gaddafi, con quien firmó un acuerdo oficial para intercambiar petróleo por productos agrícolas.

Así, el yerno del astrólogo, el presidente de la Cámara de Diputados, Lastiri, se ubicó como el primero en la línea de sucesión y asumió la presidencia provisoria de la República. Lastiri llamó a nuevas elecciones, Perón se eligió presidente y se terminó la denominada “Primavera Camporista”.

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Los tiempos de simple secretario y guardaespaldas de “El Brujo” quedaron en el pasado. López Rega se convirtió en el omnipotente ministro de Bienestar Social (y, además, en un poderoso asesor del gobierno en los bastidores).

Es de esa época la creación de la organización clandestina de extrema derecha Alianza Anticomunista Argentina (conocida por la denominación “Triple A”). Sí, aviso a los lectores desavisados que Perón, que en los años 1940 acogió en el país a centenas de criminales de guerra nazistas, y que era amigo (muy amigo) de una miríada de dictadores de derecha como el nicaragüense Somoza, el paraguayo Stroessner y el dominicano Trujillo, estaba en plena sintonía con la derecha – la persecución a los comunistas fue algo normal en su primer gobierno.

La Triple A (una milicia financiada con el dinero del gobierno peronista) ha sido la responsable, entre 1973 y 1976, por el secuestro, el asesinato y la desaparición de 700 a 1.000 personas. Sus acciones, décadas después, han sido definidas como “crímenes contra la Humanidad” por la Justicia argentina. Muchos hombres de la AAA fueron reutilizados por la dictadura militar (1976-1983).

Pero volvamos a Perón y al momento más sui generis de la política argentina en el siglo 20. 

¡Despierte, Faraón!

A las 10h de la mañana del 1º de julio de 1974, el presidente Perón, de 78 años, estaba en su habitación de la residencia presidencial de Olivos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. Sentado en un sillón, Perón empezó a sentir dificultades para respirar. Una enfermera lo abanicaba. Con la boca abierta, el caudillo sufrió una serie de rápidas convulsiones. Fue cuando murmuró: “¡Me voy, me voy!”. Y cayó al piso.

El viejo general estaba muy alicaído. Había vivido una vida agotadora, dando golpes de Estado (y sufriendo uno), protagonizando tres presidencias turbulentas y 18 años de exilio, para entonces volver a una Argentina dividida. Terminó sufriendo un ataque cardíaco.

Los médicos entraron corriendo a la habitación, atropellándose para intentar impedir su muerte. Pero ya era tarde. El monitor cardíaco mostraba una línea recta.

En un rincón de la habitación, la vice de Perón, su esposa Isabelita, observaba inmóvil. En ese momento, entró “El Brujo”, a los gritos, empujando a los médicos: “¡El general ya murió una vez y yo lo resucité!”. López Rega, entonces, agarró el cuerpo de Perón por los tobillos, cerró los ojos y empezó a gritar “¡Mi faraón, no se vaya!”. Y sacudía el cadáver de Perón, como en una película de Los Tres Chiflados, delante de los estupefactos médicos, secretarias y enfermeras. “¡Despierte, mi faraón!”, insistía.

Luego de varios minutos a los gritos y haciendo pases «mágicos», López Rega se rindió. 

Perón, obviamente, no resucitó. Pero López Rega culpó a los médicos que estaban en la sala de haberlo desconcentrado. 

Dos horas después, “El Brujo” comunicaba la muerte de Perón a la población por la TV y la radio. 

La viuda asumió como presidente. Era la primera vez en la historia mundial que una mujer ocupaba el cargo de Presidente de la República. Pero ‘El Brujo’ se convirtió en el verdadero poder.

El lado místico del gobierno se fortaleció: en Olivos, López Rega solía acostar a Isabelita sobre el cajón de Evita Perón (la famosa segunda esposa del general) para que, así, ella recibiera de ésta los “fluidos energéticos” de carisma del cual carecía.

Los delirios de López Rega, sus teorías de la conspiración, el círculo de poder conformado por integrantes de “logias” esotéricas, mezclados con matones, intelectuales de cuarta categoría y diversos políticos filofascistas convirtieron el gobierno de Isabelita en un colosal caos.

Sin embargo, antes de la caída de Isabelita, López Rega huyó del país. En 1976, un golpe militar derrocó a la presidente, aprovechando gran parte de la estructura de la “Triple A”. 

López Rega fue detenido en el exterior muchos años después, ya durante la democracia, y extraditado a la Argentina. “El Brujo” murió el 9 de junio de 1989.

López Rega, al ser detenido, en 1986.

Tres años después de su fuga, la autora brasileña Janete Clair se inspiró en López Rega para crear el personaje Herculano Quintanilha, en la telenovela O Astro (El Astro): un astrólogo embustero que, en el último capítulo, huye de Brasil y se va a vivir a una república bananera en América Central. Allí, Quintanilha se convierte en el astrólogo de un dictador que teñía su pelo de negro (tal como hacía Perón en su vejez).

Pero no solo en Argentina los líderes políticos contaron con gurúes de origen dudoso.

En Chile, el «pinochetismo esotérico»

El dictador y general Augusto Ramón Pinochet (1973-1990) consultaba a astrólogos con intensa frecuencia (así como lo hacía su esposa Lucía Hiriart, que era el brazo derecho de su marido en las decisiones más represivas del régimen). 

Foto: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile

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El dictador tuvo una serie de “consultoras astrales”. 

La peculiar Eugenia Pirzio-Biroli, una de sus tres favoritas, fue su astróloga de cabecera durante años. Solo lo dejó en 1986, cuando un atentado perpetrado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez causó su renuncia. Ella no había «previsto» el ataque. 

Sobre ese atentado: Pinochet, que creía cumplir “una misión de Dios en la Tierra”, declaró que las marcas de las balas del atentado en la carrocería del automóvil del dictador formaban el perfil de la Virgen María. En realidad, el perfil más parecía una calabaza al lado de una papa. Pero el dictador insistió en su versión celestial. 

La segunda astróloga favorita de Pinochet, Elisa Merino, realizaba sesiones astrales en el mismísimo palacio presidencial. Pero la tercera profesional del área, Alicia Lizasoaín, fue quien convenció a Pinochet de que su número de la suerte era el 5. Así, el dictador pasó a agendar los asuntos importantes los días 5 de cada mes.

Este sesgo del régimen militar chileno es irónicamente denominado “pinochetismo esotérico”.

En Venezuela, «los brujos» del presidente Chávez

En “Los brujos de Chávez”, libro lanzado en 2016, el escritor David Placer cuenta que el líder bolivariano Hugo Chávez contrataba médiums, hechiceros y especialistas por el estilo. Su objetivo era acumular más poder usando una hipotética ayuda sobrenatural. 

El libro muestra las cartas de Chávez a sus médiums y detalla cómo su entorno en Caracas se plegó a los delirios místicos de su jefe. El mismo Chávez protagonizaba “sesiones” en las que los espíritus de los “libertadores de la patria” hablaban a través de él. Una especie de WhatsApp místico.

Los asesores espirituales también participaban de “sesiones” con líderes políticos y empresarios. En esos encuentros, obtenían informaciones jugosas que después comunicaban a “El Comandante Supremo”. 

El líder militar buscaba esa especie de “consultoría” de lo sobrenatural y de las estrellas y planetas antes de tomar sus decisiones políticas. 

Cuando murió, en 2013, él mismo se volvió objeto de devoción religiosa, sobre todo por parte de su sucesor, Nicolás Maduro, que varias veces declaró que conversaba con el difunto Chávez por medio de un pajarito, una especie de conexión ornitológico-espiritual. Maduro también admitió públicamente que, cada tanto, visita la tumba de Chávez para dormir a su lado.

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En Perú, los consultores del más allá en el servicio de inteligencia

A lo largo de su dictadura en los años 1990, el peruano Alberto Fujimori contó con la asesoría de astrólogos y afines con varios objetivos: conocer su futuro o usar a los gurúes para difamar a sus opositores a través de comentarios astrológicos negativos. 

Fujimori renunció en el año 2000 y huyó del país. Posteriormente, fue detenido en Chile y extraditado de vuelta a Perú. En esa época, uno de los procesos que enfrentó en la Justicia, en Lima, fue el del desvío de fondos para pagar ilegalmente los servicios del astrólogo argentino Héctor Faisal. Este contaba con una sala especial en el mismísimo edificio del Departamento de Operaciones Psicológicas del Servicio de Inteligencia Nacional, uno de los centros de poder más importantes del “Fujimorato”.

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En El Salvador, el dictador que aplicaba sus supersticiones en la salud pública

El general Maximiliano Martínez, el dictador de El Salvador entre 1931 y 1944, hizo un gobierno bajo la égida de la superstición y del negacionismo de la ciencia. 

Un día, uno de sus ocho hijos tuvo una apendicitis. Los médicos fueron categóricos: “¡Es necesario operarlo urgentemente!”. A lo que Martínez respondió: “De ninguna manera”. Según él, todo se solucionaría con las “aguas azules”, o sea, litros de agua en botellas de color azul que habían estado durante muchas horas a la luz del sol. Tras una lenta agonía, el niño murió.

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Esa delirante creencia se transformó en una política de Estado cuando ocurrieron diversas epidemias en el país y el dictador ordenó que se combatiera a las enfermedades con el agua de esas botellas. 

Por ocasión de una epidemia de sarampión, Martínez decidió un cambio cromático para combatir a la enfermedad y ordenó envolver todo el alumbrado público con hojas de papel de color rojo.

Evidentemente, la epidemia no se detuvo por cuestiones cromáticas y diezmó a una parte de los habitantes de El Salvador.

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