Presidente Piñera vota en elecciones de convencionales constituyentes. Foto: Marcelo Segura/ Gobierno de Chile
Sociedad

Los chilenos se alejan del centro y coquetean con la periferia de la política

Los conflictos sociales, una asamblea constituyente en marcha y el fin de 30 años de hegemonía de partidos históricos generan el mayor período de incertidumbre en el país andino en el último medio siglo

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Chile, un país con un excelente marketing personal (o, en este caso, quizás sería mejor decir “marketing nacional”), pasaba al exterior – y especialmente a los habitantes de los países latinoamericanos que no tienen fronteras con él – la imagen de una nación previsible, sobria, sin sacudones o sobresaltos. “La imagen”, resalto.

Pero a partir de 2019 los chilenos empezaron a vivir en una inédita montaña rusa. Y así han sido estos últimos dos años. Días atrás, el país obtuvo un sello más en su atestación de imprevisibilidad, con los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Por primera vez desde el regreso de la democracia, ninguno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta pertenece a alguna de las dos grandes coaliciones que comandaron el país desde 1990.

Una de ellas era de centroizquierda (una centroizquierda light, diet, casi centro-centro). La otra, de centroderecha (tendiendo más a la derecha-derecha). Estos grupos reunían a la inmensa mayoría de los votos de los chilenos.

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El mejor ejemplo han sido las elecciones de 1999, cuando el socialista Ricardo Lagos y el conservador de derecha Joaquín Lavín recibieron, juntos, el 98% de los votos. En 2017, las dos coaliciones ya no eran tan bien vistas y recibieron juntas casi el 60% de los votos, distribuidos entre los entonces candidatos Alejandro Guiller y el actual presidente Sebastián Piñera. Pero, aún así, todavía eran las grandes protagonistas de la política chilena.

Sin embargo, la primera vuelta de las elecciones realizada días atrás mostró que las dos coaliciones están fuera del juego, ya que juntas solo consiguieron el 24% de los votos.

Obviamente, ninguno de sus dos candidatos, la opositora Yasna Provoste y el oficialista Sebastián Sichel pasaron a la segunda vuelta.

Detrás de esta pérdida de poder y del paso de estos dos grupos al status de actores secundarios de la obra de teatro de la política chilena están las protestas populares de 2019.

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En ese entonces, la furia de las personas que protestaban estaba dirigida principalmente contra el gobierno del presidente Piñera. Pero también en contra de los partidos tradicionales de oposición. Y por “tradicionales” no me refiero a los “tradicionalistas”, sino a los partidos históricos de centro, derecha e izquierda, algunos con un siglo de existencia, otros con más de medio siglo.

La lenta reacción de los dos grupos tradicionales frente a las más grandes manifestaciones de protesto de la historia de Chile erosionó aún más sus respectivas imágenes. Esto hizo que una gran parte de la sociedad mirará con atención a las figuras que estaban en la periferia de la política. O sea, los chilenos empezaron a alejarse de las coaliciones que siempre habían orbitado alrededor del centro y se movieron hacia los extremos.

Estas figuras de la periferia política – rigurosamente hablando – no eran “outsiders”.

Un “outsider” de la política es alguien que está totalmente fuera de la política. Este no es el caso de las dos figuras que surgieron en esta primera vuelta: el candidato de izquierda Gabriel Boric y el de extrema derecha José Antonio Kast.

Kast, de extrema derecha, de la coalición Frente Social Cristiano, liderada por el Partido Republicano, fundado hace apenas dos años, obtuvo el 27,9% de los votos.

José Antonio Kast. Foto: Divulgación/Twitter @joseantoniokast

El candidato de la izquierda Gabriel Boric, del partido Convergencia Social, fundado hace tres años, de la coalición “Apruebo Dignidad”, consiguió el 25,8% de los votos. La diferencia entre Kast y Boric fue pequeña, apenas 2,1 puntos porcentuales.

Gabriel Boric. Foto: Divulgación/Twitter @gabrielboric

¿Elecciones polarizadas? Nada de eso.

Por lo tanto, vamos a desmitificar el latiguillo de “elecciones polarizadas en la primera vuelta presidencial chilena” de este año. Nada de eso. El proceso electoral de la primera vuelta fue “fragmentado” (o “atomizado”, si se prefiere).

Habría sido “polarizado” si Kast hubiera logrado el 48% de los votos y Boric el 46%, por ejemplo. Pero no fue así.

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Es más, los 27,9% de Kast representan la menor proporción de votos de un primer lugar en una elección presidencial chilena.

Pero ahora, en la segunda vuelta, la elección estará polarizada. Más aún con la pirotecnia verbal que los dos candidatos empezaron a disparar. Kast, acusando a Boric de “comunista” y “terrorista”, y Boric tildando a su rival de “fascista”.

La misión de los dos candidatos en el poco tiempo que queda hasta la segunda vuelta de las elecciones será doble:

1 – Por un lado, seducir al electorado que quedó cerca del centro. Para eso, los dos tendrán que moderar sus respectivos discursos, algo que no será fácil.

2 – Por otro lado, tendrán que convencer a que depositen su voto a las vastas multitudes que no fueron a votar en la primera vuelta. Y este es un gigantesco problema, ya que el 53% de los votantes no se presentó – en Chile el voto no es obligatorio -, una proporción que constituye la segunda abstención electoral más grande desde el regreso de la democracia en 1990.

Es una paradoja, pero los jóvenes de 20 a 24 años, que han sido una presencia masiva en las manifestaciones en los últimos dos años, constituyen el grupo que menos va a los centros de votación. O sea, ahí podría haber una gran parte de los potenciales votantes de Boric. Su misión será convencer a estas masas de jóvenes de que protestar es importante…, pero votar es aún más, ya que es la única manera de formalizar, legalmente, los reclamos de cambios políticos.

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A contramano, el grupo que más participa en las elecciones es el de las personas de 65 a 69 años. Y este es un sector que siente más aprecio por el mensaje de “orden” de Kast.

La matemática de la primera vuelta indica que, si la política no tuviera matices, la derecha saldría victoriosa en la segunda vuelta, ya que la suma de todos los votos del abanico de la derecha, pasando por la centroderecha, derecha y extrema derecha, es 53,5%.

Y la suma de los votos de los candidatos de izquierda, centroizquierda e izquierda radical es 46,5%. Pero, el electorado latinoamericano es cambiante, como dice el aria “la donna è mobile”, de Giuseppe Verdi, de la ópera “Rigoletto”, que canta que una persona cambia de opinión y de postura como una pluma arrastrada por el viento.

En este caso, el misterio es cómo se comportarán en la segunda vuelta los votantes del candidato que quedó en el tercer puesto, Franco Parisi, de la derecha populista, del Partido de la Gente.

Franco Parisi. Foto: David Von Blohn/Nurphoto/Shutterstock

Parisi es un caso sui generis de la política latinoamericana. Hizo toda su campaña en línea; no dio discursos ni besó bebés, y ni siquiera participó en los debates de los candidatos presidenciales. Hizo toda su campaña desde Alabama, en Estados Unidos, donde vive, ya que no podía volver a Chile debido al riesgo de ser arrestado por la Justicia por una serie de estafas.

Sin embargo, entra a la Historia por haber realizado la primera campaña presidencial con resultados de peso, ya que obtuvo el 13,1% de los votos.
Pero volvamos a los votantes de este peculiar candidato. Parisi era el candidato que no tenía ninguna posibilidad de ganar. Por lo tanto, sus votantes, más que elegir una plataforma política para llegar al poder, mostraron – a través del voto – su descontento con el sistema.

Ahora la cuestión es “¿si él es de la derecha populista, todos sus electores irían a Kast?”. ¡Ah! Buena pregunta. Son unos 900.000 votos, en su mayoría de hombres con una formación educativa de nivel medio bajo, económicamente de clase media baja, además de relativamente jóvenes, pues un 60% de esos electores tendrían menos de 40 años.

Este grupo tiene como principal característica su rechazo a la política tradicional. Por lo tanto, podrían adherir a cualquier tipo de oferta (y griterío) populista. Es decir, al atractivo emocional con la presentación de “soluciones fáciles” y categóricas para los problemas del país.

Una encuesta con este electorado realizada por la consultora Pulso Ciudadano indicó que el 28,4% de los votantes de Parisi destinaría su voto a Boric en la segunda vuelta, mientras que el 26,7% votaría por Kast. Y casi un 45% de los que dicen que votaron por Parisi no votarían en la segunda vuelta. O sea, no saldrían de sus casas para votar, votarían en blanco o nulo.

Paradojas de la actual coyuntura chilena

Hace dos años, la sociedad salió en peso a protestar contra el actual sistema económico y político, vigente desde 1990. Sin embargo, en estas elecciones, una gran parte de la sociedad decidió votar por candidatos – como Kast y Sichel – que defienden la permanencia del sistema (uno de forma enfática y fervorosa y el otro de forma más sutil). Y otra gran parte de la sociedad – tal como acabamos de explicar – decidió quedarse en casa y no votar en la primera vuelta.

Los analistas políticos no han llegado a conclusiones categóricas sobre este fenómeno. Son los mismos chilenos que protestaron en 2019 y 2020 contra el sistema y que en mayo pasado eligieron gobernadores e alcaldes en todo el país, de izquierda y centroizquierda (elección en la cual la derecha quedó marginada, salvo en un estado). Y en la misma ocasión votaron por una Asamblea Constituyente con una abrumadora presencia de la centroizquierda.

Esta es una pista interesante, que ya mostraba la actual tendencia antisistema de los chilenos: el 70% de los candidatos a la Asamblea Constituyente eran independientes. Este fue un prenuncio de que la primera vuelta presidencial sería muy fragmentada.

Pero la izquierda consideró que, con los resultados positivos de las elecciones para gobernadores y constituyentes, la victoria en las presidenciales estaba asegurada.

Al mismo tiempo, los analistas señalan que muchas personas que participaron en las primeras protestas en 2019 después se alejaron, asustadas por la violencia de unas minorías que promovieron saqueos y depredaciones de establecimientos comerciales y el patrimonio público. Estos sectores, que inicialmente apoyaban los reclamos de cambio, ahora se refugian en los reclamos de “orden” y “seguridad” de la extrema derecha.

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Lo que se ve es que existe un enorme sector del centro que desea un sistema de jubilaciones menos – o nada – neoliberal, o sea, que siga siendo privado, como lo ha sido hasta ahora. Hay un deseo de una mayor presencia del Estado (algo que Kast no quiere de ninguna manera). Pero al mismo tiempo estos vastos sectores quieren “orden” y no los destrozos de las protestas (algo que Boric no ha condenado de manera clara).

Todo esto indica que si el camino hacia la segunda vuelta fuera un escenario de guerra, podría equivaler a un campo minado en el cual los candidatos pisarán terreno desconocido.

Kast tendrá que moderar su discurso para atraer a otros votantes. Y tendrá que domar a sus aliados más extremistas (si, hay diputados más extremistas que Kast). Este fue el caso de Joahnnes Kaiser, un diputado “kastista” que renunció días después de ser elegido debido a una serie de comentarios públicos misóginos y xenófobos. Kaiser había emitido comentarios en los que ponderaba que el derecho al voto de las mujeres debería ser eliminado, además de burlarse de las víctimas del régimen militar del dictador y general Augusto Pinochet (1973-1999). “Rechazamos cualquier expresión en ese sentido emitida por el diputado electo Kaiser”, dijo Kast rápidamente, buscando despegarse del caso, especialmente en la cuestión del derecho al voto de las mujeres.

Augusto Pinochet. Foto: Everett/Shutterstock

Kast, aunque declarado admirador de Pinochet, intenta evitar que los pinochetistas más frenéticos de sus filas hagan declaraciones que compliquen su acercamiento al electorado del centro. Asimismo, intenta contener a los fundamentalistas religiosos que lo respaldan. Es decir, sería como un grupo de fanáticos al que su líder les da el mensaje de “pueden seguir siendo fanáticos, pero traten de mostrarlo lo menos posible, por lo menos hasta que termine la segunda vuelta”.

Boric, por su parte, está moderando su discurso. Ya no repite su frase “si Chile fue la cuna del neoliberalismo, el país también será su tumba”. Esto, por un lado, convierte al exlíder estudiantil en una figura más potable para el electorado del centro. Sin embargo, la insistencia de Boric en complacer al centro en los últimos días y en atraer a miembros del Partido Socialista (que formaban parte de la coalición de centroizquierda que gobernó Chile durante 23 de estos 31 años de democracia) desató la irritación del Partido Comunista, que es uno de los pilares de su campaña.

El PC considera que el PS es un partido burgués. Los comunistas indican que si los socialistas logran tener mucha presencia en un eventual futuro gobierno Boric, la izquierda radical será postergada.

El exsenador y exministro de Economía Carlos Ominami, de centroizquierda, apoya a Boric (Ominami es parte del grupo de economistas de su equipo), pero lo critica afirmando que su campaña tiene “una estética juvenil muy ‘ñuñoína’. Este término se refiere al barrio Ñuñoa, de clase alta y media alta, al noreste de Santiago, la capital.

Las divisiones de la izquierda suelen ser más viscerales que las divisiones de la derecha. Este es un clásico mundial. Y esto se repite, una vez más, en el sur de este continente. Y, para complicar las cosas, rumbo a una segunda vuelta.

Si eventualmente Kast es elegido, tendrá que gobernar con un Senado empatado entre parlamentares de derecha e izquierda. En la Cámara de Diputados, la centroizquierda tendrá una ligera mayoría (si vota de forma 100% alineada).

La Asamblea Constituyente

El desafío más grande será lidiar con una Asamblea Constituyente que está en pleno funcionamiento, preparando el texto de la nueva Carta Magna, con un intenso tono progresista.

Esta Asamblea Constituyente evalúa seriamente reducir drásticamente el poder presidencial. O sea, la Asamblea Constituyente definirá si el sistema seguirá siendo hiperpresidencialista (como lo es hoy, ya que el jefe del Poder Ejecutivo tiene facultades para bloquear diversas iniciativas del Parlamento), o si será presidencialista, pero con un peso menor del presidente. O si Chile será gobernado por un sistema parlamentarista.

Así, no se puede descartar que el nuevo presidente asuma con los amplios poderes que le otorga la actual Constitución. Y, meses después, a partir del segundo semestre del próximo año, tenga sus poderes ampliamente reducidos.

Por supuesto, todo esto depende de la aprobación de la nueva Carta Magna. Y esta es la nueva incerteza que Chile tendrá que enfrentar el próximo año.

La Asamblea Constituyente tiene un plazo de nueve meses para preparar la Carta Magna. Y puede contar con una única prórroga de tres meses. De esta manera, tendría que finalizar el texto, a más tardar, en julio del año que viene. Después, este texto deberá ser aprobada por dos tercios de la Asamblea Constituyente. Y luego, pasar por el filtro de un plebiscito (este, con voto obligatorio).

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¿Cómo estará el votante chileno, psicológicamente, el año que viene? ¿Aprobará la nueva Carta Magna y enterrará así la Constitución vigente desde 1980, la del general Pinochet? ¿O votará en contra de la nueva Carta Magna? Si es así, seguirá vigente la Carta Magna pinochetista. Y este, consecuentemente, será el telón de fondo de más conflictos sociales en los próximos años en Chile.

Meses atrás la Asamblea Constituyente fue definida como “el último vestigio de Pinochet en la vida de los chilenos”. Pero el surgimiento de Kast muestra que la figura del difunto y sanguinario exdictador sigue rondando la vida de este país, en el más asustador mode Walking Dead.

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