Una calle de Santiago de Cuba, Cuba, en 2016. Foto Shutterstock.
Sociedad

Pequeño manual de preguntas incómodas sobre Cuba

Desde que empezaron las manifestaciones en Cuba, nunca quise opinar. Pero no puedo dejar de pensar en varias preguntas que hay que hacer

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Todo lo que se sabe sobre el filósofo griego Sócrates es lo que cuenta Platón, ya que Sócrates no dejó su obra por escrito. Platón cuenta, por ejemplo, que Sócrates solía reunir a sus discípulos en Atenas de manera informal y nunca respondía a sus preguntas. Para Sócrates, sus discípulos debían llegar solos a sus propias conclusiones como parte de un proceso de autoconocimiento. Una especie de precursor del humanismo, el filósofo creía que el mal no surgía espontáneamente, sino por ignorancia. Por eso tenía un método: preguntar. “La verdad está en el propio hombre, pero éste no puede llegar a ella porque no solo está envuelto en falsas ideas, en prejuicios, sino que además está desprovisto de métodos adecuados”.

El método “adecuado” que Sócrates desarrolló se hizo conocido como mayéutica. Es más complejo que solo hacer algunas preguntas, obviamente. Pero, en esencia, y aquí vamos a tener que simplificar, la técnica no es nada más que un conjunto de preguntas que ayudan a formular conceptos, definiciones y, a nivel personal, llegar al autoconocimiento.

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Siempre creí que las respuestas no son tan importantes como las preguntas. Y, al contrario de lo que dice la sabiduría popular, preguntar, en el periodismo, normalmente ofende. Y cuando ofende, normalmente es porque es una buena pregunta.

No se trata de agredir con personalismos, sino de llegar a verdades incómodas. Y cuantas más preguntas incómodas se hacen, mayor es la posibilidad de ayudar a construir la verdad, sea cual sea.

Después de leer unos doscientos artículos sobre Cuba, un par de libros y ver una docena de películas creyendo que iba a encontrar algo revelador sobre qué opinar, entendí una vez más que no tenía absolutamente nada que decir sobre Cuba.

Sin embargo, podía pensar en una serie de preguntas. Primero, pensé que todo lo que venía leyendo últimamente era, de cierta forma, más ponderado que lo que había leído anteriormente. Al menos los críticos y los partidarios del régimen parecían estar de acuerdo en que existían dos problemas: un embargo económico de seis décadas cruel y absolutamente paralizante y un gobierno que no hizo grandes esfuerzos para resolver cuestiones básicas, como la libertad.

No se puede negar el simbolismo de Cuba. Es algo como el cuento bíblico de David y Goliat. Había (y hay) esperanza de que, en algún lugar, alguien pudiera hacer algo diferente. Pero eso no es todo.

Si el régimen cubano cayera, solo quedaría un cuento comunista, en Asia: el de un lugar con un dictador que propaga absurdos sin sentido como que inventó la hamburguesa o que nació debajo de un arcoíris. Ah, y que sigue en el poder gracias a los enormes misiles nucleares que construyó.

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Pocos cuentan que un día existió la posibilidad de un lugar en donde Dios no era el dólar, donde había otros valores y sistemas políticos por explorar. Cuba se está desmoronando a la sombra del avance desenfrenado de la desigualdad social mundial. Sin sistemas alternativos, ¿cómo perfeccionar el neoliberalismo para que no sucumba ante la desigualdad?

Por eso Cuba forma parte de un “¿Y si?” de la humanidad. “¿Y si existieran modelos diferentes de gobierno? ¿Y si existieran diferentes modelos económicos? ¿Y si?

No tengo ninguna intención de poner un freno a esta discusión, de recurrir a la retórica para justificar o no el sistema cubano, ni de mostrar el daño causado por seis décadas de embargo. Tampoco quiero hacer apología de un sistema que cercena las libertades individuales ni aplaudir a un país que, conociendo su fuerza, ahoga comercialmente a otro.

Simplemente estoy buscando hacer las preguntas más útiles.

Hice este ejercicio en julio de este año, cuando murió el fotoperiodista de Reuters, Danish Siddiqui, en Afganistán. Pocas semanas antes, el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, había anunciado la retirada completa de las tropas estadounidenses de ese país. El fin de una de las intervenciones más largas de los Estados Unidos fue una nota de pie de página en la prensa mundial.

Pero recordé a Danish porque, cuando muchos se fueron, él se quedó en Afganistán para hacer las preguntas correctas. Estados Unidos había entrado al país prometiendo mejorar la vida de los afganos y no solo eso no sucedió, sino que hoy el país está sumido en una guerra civil. Hay muchas preguntas sobre Cuba que todavía no han sido hechas.

Eduardo Galeano siempre decía que no existía país en el mundo por donde Estados Unidos hubiera pasado con la promesa de libertad, que no se hubiera convertido en un cementerio o un manicomio. Afganistán e Irak son ejemplos. Pienso en todo esto mientras trato de llegar a las preguntas que considero fundamentales sobre Cuba. ¿A largo plazo, si el régimen cae, qué será de Cuba?

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Preguntar ofende

Una vez, viendo una conferencia de prensa post 11 de septiembre, una escena me llamó la atención. La periodista Helen Thomas, que para entonces tenía ya más de 80 años, 40 de ellos cubriendo la Casa Blanca, consiguió irritar al presidente George Bush hijo con sus indagaciones. Conocida como “Buda Sentada”, Helen tenía un asiento especial en la primera fila de las disputadas conferencias de prensa de la Casa Blanca y se había ganado el derecho de, casi siempre, hacer las primeras preguntas.

La periodista preguntaba sobre la lógica detrás de llevar la “guerra contra el terror” al empobrecido país de Medio Oriente. De los 19 terroristas que perpetraron los ataques, 15 habían nacido en Arabia Saudita, uno en Egipto, uno en El Líbano y los otros dos en los Emiratos Árabes Unidos.

Helen, que había seguido más de una guerra, pensaba que la estrategia debía centrarse en entender la financiación de los ataques y, aunque estaba la figura de Bin Laden y el entrenamiento en Afganistán, de nada servía una guerra costosa, en términos financieros y humanos, en un país del otro lado del mundo. “¿Por qué empezar una guerra del otro lado del mundo y no buscar a los que financiaron los ataques?”, preguntó.

Desagradar es un arte. En el salón, Helen no tuvo el apoyo de sus colegas que, ciegos por el sentimiento general de indignación y enojo por los brutales ataques del 11 de septiembre, querían que alguien pagara por ellos.

Hay que reconocer que Helen tenía un enorme escepticismo respecto de las guerras en Medio Oriente. Sus declaraciones sobre la cercanía política entre Israel y Estados Unidos siempre le costaron el desprecio de la comunidad judía, sanciones como periodista y, muchas veces, la antipatía de la opinión pública. Hasta el fin de su vida fue tildada de antisemita por sus desafectos, acusación que siempre negó vehementemente. Perdió premios y trabajos, pero nunca dejó de molestar a los presidentes, incluido a Barack Obama que, a pesar de muchas veces no estar de acuerdo con ella, pronunció bellas palabras para lamentar su muerte, a los 93 años, en 2013. 

El futuro: “Solo sé que no sé nada”

Cuando mataron a Danish en Afganistán, luego de la retirada de las tropas de los Estados Unidos, recordé nuevamente las indagaciones de Helen Thomas. Danish había quedado allí para responder a algunas de ellas: “¿Qué es lo que realmente quedó después de años de intervención? ¿Cómo quedó la vida de los afganos? ¿Qué sucede cuando el mundo quita sus ojos de un lugar como Afganistán?”

Lamentablemente, la propia muerte del periodista es parte de la respuesta. Danish murió luego de dos ataques talibanes a las fuerzas nacionales. La intervención estadounidense nunca llegó a concretar lo que se propuso: derrotar a los talibanes, dándole estabilidad al país, y al mundo la certeza de que no saldrían de allí nuevas células terroristas.

Sé que parecen ejemplos de países distantes, pero tienen algo en común, como por ejemplo el protagonismo que tiene o tendrá Estados Unidos en el derrocamiento de regímenes. Esto es un hecho que casi no necesita ser cuestionado. Pero, ¿cómo afectará este protagonismo al pueblo cubano y su futuro?

Por supuesto, hay que reconocer diferencias monumentales entre los países de Medio Oriente y Cuba. Desde la muerte del Che Guevara y la caída de la Unión Soviética ningún cubano salió de la Isla, libro de Lenin en mano, predicando las alegrías del régimen comunista. Cuba resiste, digna y longeva, bajo la mano dura de los gobernantes, sin catequización política.

Unas 300 millas separan a Cuba de Miami. Durante seis décadas, Estados Unidos ha intentado recuperar la Isla que solía ser un destino de estadounidenses atraídos por las ventajas que ofrecía el régimen del dictador Fulgencio Batista: paraíso fiscal, casinos, clubes, bebidas, mujeres y posición estratégica en el Océano Atlántico. ¿Volverá Cuba a ser ese lugar? ¿Y esto será bueno o malo para los cubanos?

Mientras escribo este texto, Biden está endureciendo el embargo económico, con la esperanza de asfixiar todavía más a la Isla. Es un claro indicio de que quiere derrocar rápidamente al gobierno. Si me permiten una opinión como periodista internacional, parece que esto no es bueno para los cubanos. No porque sea Cuba, sino porque la historia ya mostró que las transiciones de este tipo suelen empezar con violentos estallidos sociales, seguidos de descontrol gubernamental, inestabilidad sin fecha de finalización, terreno fértil para la formación de grupos violentos minoritarios y/o autoritarios, intervención extranjera, cambios abruptos que dan lugar a políticas perennes y debilitamiento de las instituciones.

¿Qué interés tiene Estados Unidos en derrocar rápidamente al gobierno cubano y cómo ayudará a los cubanos que permanecen en la Isla y son leales a la revolución? ¿Cómo los tratará?

¿Voy bien, Camilo?

El 8 de enero de 1959, Fidel Castro habló por primera vez luego de la victoria de la Revolución Cubana. Sería el primero de vaya uno a saber cuántos discursos (uno de ellos duró 20 horas) que el líder cubano pronunciaría a lo largo de los casi 50 años que estuvo al frente de la Isla como presidente o primer ministro. En el medio del discurso, cuentan los historiadores, hasta Fidel tuvo dudas y habría preguntado al combatiente y compañero de revolución Camilo Cienfuegos: “¿Voy bien, Camilo?”

Traducido por Adelina Chaves

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