La Habana, Cuba
La Habana, en 2015. Foto: Shutterstock
Sociedad

Un restaurante vegetariano con pato a la naranja en el menú

La revolución cubana se vuelve más descafeinada en el área económica (en la política sigue siendo línea dura)

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Como los yogures, que – por cuestiones biológicas – poseen fecha de vencimiento, Raúl Castro, de 89 años (cumplirá 90 en junio) dejó formalmente, hace unos días, el cargo de secretario general del Partido Comunista de Cuba (PCC). El PCC, además de ser el poder real en la isla, es el único partido político del país. Raúl estuvo 62 años en la alta jerarquía del poder, desde que su hermano Fidel ingresó a La Habana en enero de 1959, luego de breves – pero intensos – años de guerrilla en la Sierra Maestra, en el interior de Cuba. En ese entonces, los Castro derrocaron el régimen del dictador Fulgencio Batista, de derecha, para instalar su propia dictadura, de izquierda.

Pero el update del Partido fue más allá de Raúl, ya que también dejaron la cumbre del poder otros históricos integrantes del actualmente octogenario/nonagenario núcleo duro de “La Revolución”, entre los cuales el comandante Ramiro Valdés, de 88 años (quien ocupaba la vicepresidencia del Consejo de Estado, equivalente al cargo de vicepresidente), y José Ramón Machado Ventura, de 90 (quien fue segundo secretario general del PCC).

Salieron los veteranos militares, exguerrilleros que derrocaron el régimen de Fulgencio Batista en la década de 1950, y entraron los civiles tecnócratas, todos nacidos después del triunfo de la Revolución. Es el caso del nuevo secretario general del PCC, Miguel Díaz-Canel, a quien Raúl ya había transferido el cargo de presidente del Consejo de Ministros (equivalente al de presidente de la República) en 2018.

Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro en la celebración del Día del Trabajador, en 2019. Foto: Sitio web del Gobierno de Cuba

El cambio de figuras del poder tuvo lugar durante el Octavo Congreso del PCC. Ahora Díaz-Canel acumula los dos cargos, tal como lo hizo Raúl hasta hace tres años y Fidel durante décadas.

El problema de marketing político, afirman los analistas, es que Díaz-Canel no tiene la “mística revolucionaria” de haber estado en la Sierra Maestra, una epopeya que permitió a la vieja guardia justificar cualquier tipo de medidas. Para complicar las cosas, Díaz-Canel se enfrenta a una economía que se desplomó 11% el año pasado, con el embargo estadounidense en vigencia y con la isla todavía tratando de recuperarse de los devastadores huracanes de los últimos años, que causaron graves daños a la agricultura y a la infraestructura. Y, por si fuera poco, a la falta de turismo extranjero debido a la pandemia de Covid-19.

Sin embargo, Díaz-Canel apuesta a un golpe de efecto, en caso de que sean eficaces las cuatro vacunas contra la pandemia que los laboratorios cubanos están elaborando. Dos de ellas ya están en la última fase de pruebas. El plan, en caso de éxito, es exportar las vacunas y eventualmente atraer turistas para que se vacunen en la isla.

Bad cop, Good cop

Fidel Castro comandó directamente el régimen desde 1959 hasta 2006. Ese año participó de una cumbre del Mercosur en la ciudad argentina de Córdoba. En el avión, de regreso a La Habana, se descompuso. Al llegar a la isla fue sometido a varias operaciones. Nunca volvería a ejercer el poder plenamente. Su hermano Raúl asumió el gobierno de forma interina (cargo de presidente, de secretario general del PCC y el comando de las Fuerzas Armadas).

Pero en 2008, frente al estado de salud fragilizado de Fidel, Raúl asumió de forma permanente sus cargos.

Fidel Castro en 1989. Foto: Shutterstock

Sin embargo, hasta su muerte, en 2016, Fidel siguió orbitando el poder, con una influencia simbólica. Al fin y al cabo, varias generaciones de cubanos conocían solamente su liderazgo. Mientras que Lenin murió apenas siete años después de la Revolución Rusa; Mao Tsé Tung murió 27 años después de la conquista del poder en China; e incluso en Corea del Norte estuvieron en el comando tres integrantes de la misma dinastía familiar; Fidel seguía vivo luego de 57 años del ingreso de sus tropas a La Habana.

Fidel hacía el papel del jubilado gruñón, cascarrabias, de “bad cop”, el policía malo… mientras que Raúl, como presidente, hacía de “good cop”, el policía bueno. En 2015, en vísperas de la llegada de un enviado especial de Barak Obama para dar un paso más en el acercamiento logrado por su hermano y Obama, Fidel se quejó en un editorial, afirmando que Estados Unidos le debía a Cuba algo que definió como “muchísimos millones de dólares” por los daños causados por el embargo estadounidense.

Castro-less (o casi)

Con la salida de Raúl, el apellido Castro desaparece por primera vez desde 1959 de la alta burocracia cubana. Sin embargo, permanece un Castro, de una manera más low profile, pero muy poderosa, que es Alejandro “El Tuerto” Castro Espín, coronel del Ejército que comanda el servicio de inteligencia y contrainteligencia del régimen. Alejandro es hijo de Raúl, pero durante toda su vida estuvo más cerca del tío Fidel, con el cual compartía una visión más ortodoxa del régimen, al contrario de la de su padre, que era más “flexible”.

El apodo de “El Tuerto” se debe a las heridas que sufrió durante la Guerra de Angola (Alejandro no fue herido en el ojo en combate, sino durante un entrenamiento militar).

Durante años los analistas especularon que Alejandro sería el “heredero” de la dinastía Castro. Pero, el propio padre habría considerado que era necesario dejar de lado el nepotismo explícito para no parecerse a Corea del Norte y a la familia Kim. Por eso, decidió poner en el cargo a un civil.

No obstante, Alejandro seguirá informando a su padre de todos los movimientos de Díaz-Canel y la nueva cumbre. Además, todo hace creer que Díaz-Canel con frecuencia tocará el timbre de la casa de Raúl para pedirle consejos sobre decisiones más cruciales.

Eufemismos

“Sin pausa… pero sin prisa”, explicó Raúl en 2011, cuando indicó que iniciaría un proceso de reformas para comenzar a enterrar el modelo soviético que había implantado su hermano Fidel. A este proceso lo bautizaron con el nombre de “actualización del socialismo”, para no asustar a la vieja guardia. Un eufemismo para indicar una apertura económica con una participación cada vez mayor del capitalismo.

Raúl Castro en 2009. Foto: Shutterstock

Gradualmente, Raúl fue liberando licencias para los micro y pequeños empresarios cubanos. Primero, se autorizaron algunos sectores, como restaurantes, posadas y salones de belleza. Después, se extendieron licencias a talleres mecánicos, comercio de artículos electrónicos, pequeños emprendimientos agrícolas, etc.

El sector privado creció de manera gradual y persistente, y actualmente emplea al 15% de la mano de obra cubana. Pero su peso es mayor, ya que produce el 33% del PBI de la isla.

En 2019, el régimen dio un paso más y aprobó una nueva constitución nacional que reconoce la “propiedad privada” y el “mercado”. Y así Cuba ya no es más un país, como determinaba la ley anterior, que tenía que ser una “sociedad comunista”. Sin embargo, la nueva carta magna determina que el Partido Comunista de Cuba es “la vanguardia de la sociedad” y quien establece las directrices para gobernar el país.

Días antes de la realización del Congreso del PCC sucedió algo inimaginable hace pocos años, ya que el régimen autorizó a los campesinos a comercializar libremente carne vacuna y leche, siempre y cuando el productor rural cumpliera con la cuota para el Estado cubano. Y, por primera vez, el presidente y el primer ministro se reunieron con representantes del sector privado. O, como el régimen prefiere denominar a las empresas privadas, usando otro eufemismo, las “Formas de Gestión No Estatal”.

Sería como un restaurante vegetariano que hace un nuevo menú en el cual incluye opciones carnívoras como baby beef y pato a la naranja. Pero mantiene, del lado de afuera, el cartel que dice “Restaurante Vegetariano”.

Recientemente, Díaz-Canel declaró que era necesario atraer inversiones extranjeras y que “es hora de borrar los prejuicios del pasado… es necesario asegurar un nuevo estilo de negocios”.

La apertura económica fue facilitada por el acercamiento del gobierno de Barack Obama con el régimen cubano hace algunos años. Pero, con la llegada de Donald Trump al poder en los Estados Unidos, ese acercamiento se interrumpió. Y luego retrocedió.

Trump no está más en la Casa Blanca. Sin embargo, el nuevo inquilino del palacio presidencial estadounidense, el presidente Joe Biden, hasta el momento no ha dado señales de cambios en la relación con Cuba.

Marxista-chanelista

Díaz-Canel, que es definido como un “gestor”, usa jeans y es fan de los Beatles, algo que sería abominable en los tiempos de Fidel Castro. Pero estas son apenas algunas cosas que muestran que la isla cambió. En 2015, todo quedó explícito cuando símbolos del “capitalismo decadente y burgués” llegaron a Cuba con gran estilo.

El primero fue el grupo Rolling Stones, que hizo el recital “Concierto de la Amistad”, al que concurrió medio millón de personas en la Ciudad Deportiva de La Habana. Otro medio millón escuchó el espectáculo del lado de afuera del inmenso terreno. O sea, casi el 10% de la población de Cuba estuvo allí para ver algo que durante décadas Fidel había llamado de “género musical decadente”.

Desfile de Chanel en La Habana, en 2016. Imagen: Screenshot/Youtube/Chanel

Ese mismo año, el régimen autorizó el ingreso de los protagonistas de la película de acción “Rápidos y Furiosos” para rodar parte de la película en La Habana. Y, “the last but not the least”, poco después se realizó el lanzamiento mundial de la colección de la marca Chanel, firmada por el diseñador de moda Karl Lagerfeld. Para colmo, Tony, nieto de Fidel, fue uno de los modelos cubanos que desfilaron. El irónico humor cubano decía en la época que la isla había pasado de “marxista-leninista” a ser “marxista-chanelista”.

Marxistas-católicos

Paralelamente, Raúl Castro inició un peculiar acercamiento a la Iglesia Católica, que durante cinco siglos, desde los tiempos de la llegada de Cristóbal Colón, había imperado en la isla.

El puntapié inicial ya lo había dado Fidel, en 1996, cuando recibió a Juan Pablo II, que fue el primer papa a visitar Cuba. En 2012 fue el turno del papa Benedicto XVI, ya con Raúl en el comando.

Cuba se declaró un Estado ateo en la nueva constitución nacional de 1976. Sin embargo, en 1992, luego de la desintegración de su aliada Unión Soviética, Fidel cambió ese estatus y declaró que el Estado cubano se volvía laico. De esta manera, los sacerdotes y personas religiosas dejaron de ser considerados “contrarrevolucionarios”.

En 1997 – luego de 28 años de prohibición – el régimen cubano autorizó la celebración de la Navidad. En 2012, las autoridades devolvieron el feriado de Semana Santa. Y en marzo de 2014, el cardenal Jaime Ortega colocó la piedra fundamental de una nueva iglesia, dedicada a Juan Pablo II. En señal de approach con el Vaticano, el Estado cubano cedió el terreno.

En 2015, Raúl visitó al papa Francisco en el Vaticano. Al salir del encuentro, dijo a los periodistas que estaba “volviendo a ser católico” gracias al pontífice argentino. Raúl afirmó que le dijo al papa que “si sigue hablando así, volveré a rezar y volveré a la Iglesia Católica. Y esto no es una broma”. Raúl y Fidel asistieron al Colegio Jesuita de Dolores, en Santiago de Cuba, en su juventud.

Esto habría sido una herejía para cualquier marxista del planeta. Pero, según destacaron con ironía algunos analistas en la época, ellos “son marxistas caribeños…”

Modelos a seguir

Los cubanos sufrieron con el fin de la Unión Soviética, en 1991, ya que la isla se quedó sin la asistencia financiera y comercial del que fue su principal aliado durante tres décadas. Esto generó una colosal crisis económica y penuria en el país.

La URSS desapareció cuando fracasó la doble apertura de Mikhail Gorbatchov. O sea, la Perestroika (reforma económica) y la Glasnost (apertura política).

8º Congreso del Partido Comunista de Cuba, en abril de 2021. Foto: Site web del Gobierno de Cuba

Para el régimen de La Habana quedó claro que la única forma de mantenerse en el poder sería la vía china, la “Găigé kāifàng”, de Deng Xiaoping. O, la versión similar vietnamita, la “Doi Moi”. En ambos casos, el régimen propiciaría más reformas económicas – capitalismo para el pueblo – pero con la jerarquía del Partido Comunista de Cuba en el poder político.

Una muestra de ello es que, paralelamente a la apertura económica, el régimen continúa arrestando a los disidentes políticos y sigue de cerca el crecimiento de las redes sociales en la isla, algo que se ve como “subversivo”.

Ted Henken, profesor del Baruch College de Nueva York y autor del libro “Cuba’s Digital Revolution”, declaró hace unos días que el régimen cubano “teme cualquier cambio que no sea coreografiado y controlado, y que no venga de arriba hacia abajo… y esto es irónico para lo que empezó como una revolución popular (en 1959) que contó con el apoyo masivo del pueblo”.

Traducido por Adelina Chaves

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